miércoles, 11 de abril de 2012

Dicen que las segundas partes no son buenas, no es el caso


El pasaporte de Amanda
(2)

Después de recibir la carta de Ámsterdam, Leopoldo pasó por el estudio de su madre en la esquina de 10 y 53. Frente al Teatro Argentino. Desde allí todos los sueños de ser cantante eran posibles. Infinidad de veces cantó a los gritos desde el balcón que se asoma sobre calle 10 con vista privilegiada. Había una canción de Frank Sinatra que su abuela Amalia siempre se la cantaba. Se llama “A mi manera”, le dijo Amalia. Leopoldo apenas sabía las letras cuando se la enseñó a cantar en inglés. Más tarde supo que esa letra sería su himno personal. Él la prefería en castellano. Por más que la letra sonará en inglés, tenía la facilidad de entonarla a la par en castellano. Sus amigos le criticaban que escuchara a María Martha Serra Lima interpretando esa canción. A él le fascinaba. Podía repetirla mil veces. Esa mañana de agosto, con el sobre en la mano y decidido a hablar con su madre, se tomó un taxi desde la terminal de ómnibus y el taxista escuchaba esa misma canción. No debería estar escuchando esa canción, pensó Leopoldo. No esa mañana. Se sentó, le indicó la dirección, se quitó los guantes de cuero negro y cantó para adentro. 

He amado/he reído y llorado/ tuve malas experiencias/me tocó perder/ y ahora que las lágrimas ceden/ encuentro tan divertido pensar que hice todo eso/ y permitirme decir, sin timidez/ oh, no, oh no, a mí no, yo sí lo hice a mi manera.

Lloró. Se secó las lágrimas con la mano derecha y siguió escuchando. Leopoldo no creía en las coincidencias. No existen, le enseñó su padre. ¿No existen?, se preguntaba sentado en ese taxi con olor a humedad y pensando en su abuela. Miraba el sobre, levantaba la cabeza, la mirada se perdía en alguna vereda y seguía tarareando. Pensó que después de hablar con su madre podría pasar por lo de su abuela a cantarle esa misma canción. Pensó en por qué había dejado de ir con frecuencia a visitarla, si eso era una de las pocas cosas que más disfrutaba de la vida. Enseguida supo la respuesta. Haber aceptado el cargo de fiscal. El cargo que tanto orgullo sintió su padre el día que juró en el Palacio de Tribunales. Cuando el taxista le dijo que el viaje eran veintidós pesos, Leopoldo no escuchó. Veintiún con 90 pero no tengo monedas, ¿le parece bien si redondeo en los 22?, le preguntó el hombre de anteojos y dientes torcidos que se dio vuelta y lo miró fijó a los ojos. Leopoldo sacó la billetera del saco, le dio veinticinco pesos y le dijo que se quedara con el vuelto. En realidad creyó haber escuchado que el hombre pelado le dijo veinticuatro con noventa y por eso le agregó que se quedara con el vuelto. A él no le gustaba hablar con taxistas. Pero esa mañana, eso era lo de menos. Es más, se subió a un Peugeot 504 cuando nunca tomaba ese modelo de auto. Lo detestaba. Le molestaba que el dueño de un Peugeot 504 le cobre lo mismo que otro que tiene un auto más nuevo y en condiciones. Pero cuando lo paró, no se dio cuenta qué auto era. Cuando Leopoldo abría la puerta del taxi con la licencia borrosa, una mujer le preguntó si quedaba libre. Tampoco la escuchó. La mujer insistió y él siguió como si nada. La mujer lo insultó por ser tan descortés, pero él ni siquiera la escuchó. 

Caminó un par de pasos hasta que tocó el portero en la escribanía de su madre. Del otro lado creyó escuchar a Elsa. De pronto sonó la misma voz de aquella mujer que lo iba a buscar a la escuela todas las tardes y lo llevaba hasta su casa. Enseguida asoció que el hecho de que no le gusten los taxis es porque Elsa siempre lo hacía tomar uno por siete cuadras. Es la orden de la Doctora y no se discute. Vos venís conmigo, te dejo en la puerta de la casa de tu abuela y hasta que no entras yo no me voy, repetía con fidelidad la tía Elsa. Así sus padres querían que la llamen: “tía Elsa”. 

Sí, quién es, preguntó la mujer del otro lado del portero. Elsa soy Leopoldo, contestó. Elsa no trabaja más, pero ya le abro; suba, le dijo la nueva empleada. Leopoldo hubiera jurado que esa voz era la de Elsa. ¿Desde cuándo Elsa no trabaja más en el estudio de mamá?, ¿ya nadie me cuenta nada?, le preguntó Leopoldo a Amanda cuando se la encontró en el primer piso, sentada detrás de su escritorio.

Su hermana le había contado que la semana pasada Elsa se había jubilado y hasta le recriminó que él no haya ido a la cena de despedida que se organizó en el restaurant "El Quijote". Esa noche Leopoldo no apareció. A todos les llamó la atención. Jamás hubiera faltado sin avisar. Y más tratándose de la tía Elsa. Hace días que anda con la cabeza en vaya a saber qué, le dijo Amanda a su madre. Ella creía que se había peleado con Facundo, pero eso no se lo podía contar. Desde que su hermano blanqueó su relación, su madre le pidió por favor que nunca tocara ese tema con ella. Las sospechas de Amanda estaban fundadas en el llamado que recibió de su cuñado. ¿No sabés por qué está tan raro tu hermano? ¿Volvió a discutir con tu papá?, le preguntó Facundo. Ambos habían notado que a Leopoldo algo le sucedía. Raros somos todos en esta familia, recuerda que le respondió. Pero Amanda siguió ensimismada con la rutina de la escribanía y no reparó en el carácter extraño de su hermano hasta que el comisario Torres se lo preguntó. El policía la interrogó por rutina, unos días después del suicidio, y ella no supo qué contestar. Estaba inmóvil. Se reprochó estar ocupada en recibirse. En haberle dedicado poco tiempo. No entendía cómo ella no pudo anticipar eso. En realidad nunca se le cruzó por la cabeza que su hermano se suicidaría en la casa de su pareja.

Me voy a Ámsterdam por seis meses. El 2000 me llega en Europa. Seguro que vuelvo para tu recibida. Me salió una obra allá. Cuando vuelva te llamo, decía el escueto mail que Facundo le mandó a Amanda. Apenas terminó de leerlo, agarró el teléfono y lo llamó. Soy Facu, ahora no estoy pero dejá tu mensaje, le dijo la voz de Facundo grabada en el contestador del teléfono. Se enfureció. Habían estado juntos el fin de semana pasado y jamás le había anticipado nada. Desde que Leopoldo murió, la relación se había intensificado. Él quería saber todo de ella. La llamaba dos veces al día. Cenaban casi todas las noches juntos y los fines de semana prácticamente parecían novios. Esa simbiosis despertó la ira de sus padres. Volvían a desaprobar a ese chico que, para ellos, era el causante del suicidio de su primer hijo. Facundo no tiene nada que ver, nadie sabe qué pasó. A mí me hace bien estar con él. Les ruego que por favor no me cuestionen, no ahora, les pidió Amanda a sus padres una noche que sonó la bocina del auto de Facundo avisando que la esperaba afuera de su casa.    

¿Conoces a Héctor Arlegui?, le preguntó Leopoldo a su madre. La doctora Ana Urquiza de Monti estaba sentada y tenía un papel en la mano. Se levantó, se le cayó el expediente, lo miró a los ojos y le preguntó: ¿Héctor qué? Arlegui, Ar-le-gui, deletreó Leopoldo. Cuando Ana se agachó a levantar la hoja, entró Amanda. ¿Todo bien?, preguntó sin saber que en ese despacho algo pasaba. Por ahora, sí, dijo Leopoldo. No, no conozco a nadie con ese nombre. ¿Es un cliente del estudio?, preguntó la escribana con un leve temblequeo en las manos. Él te conoce, a vos y a papá. Va eso me dijo, en realidad me lo escribió. ¿Y a Graciela Lupe? ¿La conoces? Lupe me suena, me suena, dijo la mujer algo nerviosa.

Leopoldo quería ir a lo de su abuela pero en la cabeza tenía dos nombres: Héctor Arlegui y Graciela Lupe. Ese día se reprochó no saber manejar. Llamó a su oficina y dijo que no iría a trabajar. Cuestiones personales, explicó. Cuando cortó, buscó en los contactos de su teléfono el nombre de un colega y no lo encontró. Volvió a llamar a la oficina y pidió el número del doctor Lorenzo López, el especialista en Derechos Humanos. Se lo dieron y lo llamo. Necesito verte con urgencia, le dijo. López le dijo que lo esperaba al mediodía. Acordaron encontrarse en el bar de 13 y 48. Leopoldo antes pasó por su casa, llamó a Facundo y se cambió la ropa. Cuando llegó, llamó por teléfono a su abuela pero nadie atendió. Dejó el mensaje y le avisó que esa tarde pasaría a visitarla. Prendió la radio. Una locutora leyó el título de un flash con música de fondo en tono alarmante: “Insólito accidente provocado por bailanteros: 9 lastimados”. Leopoldo sólo escuchó la palabra bailanteros. “El grupo bailantero "Los Chakales" había comenzado el show cuando una gran cantidad de fanáticos colmaban las instalaciones del boliche Eskandalo, en City Bell. Todo era una fiesta. Sin embargo, una bomba lanzapapelitos, que había sido instalada sobre el escenario, explotó sobre el público. Hubo pánico y nueve personas terminaron en el hospital de Gonnet”, completó un locutor. Para ese entonces, Leopoldo había puesto agua en la pava para hacerse un té. Espero que el agua hirviera sentado en la mesada. Miró por la ventana que se asoma a la calle y decidió ver que podía rastrear de todo lo que decía esa carta. Con la mano izquierda sostenía la taza y con la derecha hojeaba la guía telefónica. Fue hasta a la “h” y bajó con la mirada hasta la “he”. Encontró varios “Héctor”, pero ningún “Arlegui”. Después hizo lo mismo con el de Graciela Lupe. Encontró a una mujer con ese nombre y la llamó. Marcó el número y un señor con voz de viejo le dijo que su esposa había muerto en 1986. Se disculpó, supo por la fecha que no era la mujer que buscaba. Según la carta, Lupe había muerto diez años antes. Cuando tomó el último sorbo del té, analizó a dónde tendría que ir. ¿A las Madres o a las Abuelas de Plaza de Mayo? Estaba confundido. Cerró los ojos. Se llevó una mano a la frente y se le cayó una lágrima: primero recorrió el pómulo colorado y después se perdió en la comisura del labio.

domingo, 1 de abril de 2012

Un poco de ficción no viene mal


El pasaporte de Amanda
(1)

Esa mañana no debía oler a scones. No esa mañana. No esa mañana en que Amanda dejaría de ser Amandita para ser la doctora Amanda Monti. La hija abogada del juez Monti y la escribana Urquiza. La casa estaba vacía y olía a harina, azúcar y bananas mezclándose en el horno. Olía a Amalia. A la abuela Amalia. Como cada día el despertador de Amanda sonó a las nueve de la mañana. Por la cocina ya habían pasado sus dos hermanos menores –Lisandro y Lautaro- y sus padres. Los gemelos comieron dos tostadas de pan de salvado con manteca y mermelada de arándanos cada uno y un poco de cereales. La doctora Ana Urquiza sólo un café negro. Sin azúcar ni edulcorante. Estaba empecinada con una dieta que la dejaría con el cuerpo sin grasas y gracia. El padre de la familia sólo le pidió a Noemí un jugo de naranja mientras hojeaba La Nación en la inmensidad de su escritorio. Noemí ya se había asegurado de recibir los ramos de Líliums y Gerberas que tanto le gustan al juez Salvador Monti. Los Líliums amarillos irían en la consola estilo imperio que está debajo de la escalera y las Gerberas naranjas al estudio del juez, en el florero que su madre Amalia le había traído de su última visita por Pamplona.  Cuando Amanda se levantó todo estaba como siempre: el perro cavando en el pasto, Noemí con la aspiradora, la radio encendida en Continental, las tazas y vasos del desayuno secándose en la pileta de la cocina, el lavarropas andando y ella como ajena en su propia casa. Sólo que esa mañana olía a scones.

Las casualidades no existen, pensó Amanda mientras dejaba correr el agua caliente que caía de la ducha. Hizo la misma rutina de todas las mañanas. Correr la cortina de la ventana de su habitación para ver si sus padres ya habían salido, prender la computadora, encender un cigarrillo y abrir la canilla de agua caliente. El olor a scones invadió la planta alta de la casa de los Monti. En el barrio cerrado “Las hortensias” todos los llaman “Los Monti”. Ese olor fue el mismo que sintió aquel día en que le contó a su abuela Amalia que estaba pensando en suicidarse. En suicidarse como su hermano mayor Leopoldo. Le dijo que no tomaría pastillas. En realidad le dijo que no sabía cómo, pero que tomar pastillas no sería original. Que ya había un antecedente en la familia. Que para qué repetir la historia. Su abuela no pudo decirle nada por más que haya querido. Su abuela era su confidente desde que Leopoldo se había muerto. Lo fue hasta que recibió la carta que llegó de Ámsterdam.

La abuela Amalia había dejado de ser la Amalia que tanto todos admiraban. Una esposa ejemplar, una madre admirable y una maestra inolvidable.  El alzhéimer borró todo: las cartas de los ex alumnos, el piso de Pinotea que adoraba, los scones de bananas, los cuentos de Cortázar, las tardes de té y Backgammon con sus compañeras de la secundaria, las rosas rojas, los hijos, los nietos, todo. Prácticamente la enfermedad la había vaciado. Amalia llegó a la clínica Méndez dos días después  de que se suicidara su primer nieto. Su único hijo había tomado la decisión de internarla. Para Salvador su madre no había enloquecido. No creía en el diagnóstico de la junta médica. Demencia senil de tipo Alzheimer (DSTA), le dijeron. El creyó –y cree- que no soportó la vida sin Leopoldo.

“El hijo del juez camarista Salvador Monti se ahorcó ayer en la casa de su mejor amigo”, decía la primera línea del artículo de “La Prensa”. Salvador Monti había dejado de leer “La Prensa” desde aquella tapa que lo asoció con un caso de corrupción por narcotráfico. Ese mismo día dio la orden de que a su casa sólo llegará “La Nación”, de lunes a lunes, y “Clarín” sólo los domingos. Nunca se perdonó aparecer en esa tapa. Había trabajado treinta y siete años para el poder judicial y nunca nadie había puesto en tela de juicio su buen nombre. Su apellido. No respetan ni ser el hijo de un ministro de la Corte, pensó. Ese mismo día agradeció que su padre ya hubiera muerto. Nunca se lo hubiera perdonado.

“Leopoldo tenía 25 años y era abogado. La familia judicial lamentó la pérdida de un gran fiscal. El juez Monti recibió cientos de llamados y el mismo tomó la decisión de velar el cuerpo de su hijo a cajón cerrado”, decía el artículo periodístico que estaba apoyado en la mesa de roble en el comedor de su abuela Amalia. La casa en donde había crecido. La casa en la que soñaba vivir. La cocina era su lugar preferido. A Amanda le pasaba lo mismo. Había una conexión especial entre Leopoldo y Amanda. Y eso que no eran hermanos de sangre. 

Cuando Leopoldo cumplió 11 años, su padre lo sentó frente a él en el escritorio por primera vez en su vida. En un acto repleto de formalismo y solemnidades, Monti le dijo a su hijo que no era su hijo. No de sangre. Le contó que lo habían adoptado y que para él era muy importante que supiese la verdad. Toda, dijo tajante y sin dejar lugar para las preguntas. Siempre quisimos ser padres pero tu madre no podía quedar embarazada. Por eso no dudamos cuando nos dieron la posibilidad de adoptarte, trató de explicarle. Leopoldo –dijo el padre con serenidad y con la mirada fija, clavada en los ojos de aquel niño de 11 años-   queremos que sepas que tu hermana Amanda también es adoptada. Deberás guardar este secreto por un tiempo. Cuando ella tenga tu misma edad de hoy se lo diremos, agregó Monti como un ingeniero que tiene todo estudiado. Incluso las palabras.

Para la prensa, Facundo Iraza era el mejor amigo del hijo del juez que se acaba de suicidar. Los que los conocían bien sabían que eran el uno para el otro. Lo primero que le gustó a Facundo fue la sonrisa perfecta de Leopol, como lo llamaba. Cada vez que podía se lo decía. Pero Leopoldo últimamente no sonreía. Eso a Facundo lo tenía algo inquieto. Sabía que Salvador Monti no había aprobado que su hijo tenga un novio actor. Quizá te perdonaría si fuera abogado, le dijo. Ana opinó como su marido. Nunca lo contradijo en nada y muchos menos ahora. Ese mismo día dejó de vivir en la casa con sus tres hermanos. Se mudó a un departamento que le prestó una amiga. Tomo la decisión cuando su padre le dijo que nunca –pero nunca- podía entrar a su casa acompañado de un hombre. Que a él no le importaba lo que hacía en su intimidad. Que igual daba. Que ya había sido decepcionado. 

Leopoldo lo amaba con locura, le dijo Amanda a su madre cuando se enteró que su hermano estaba muerto. Se amaban, agregó. Leopoldo amaba la libertad de Facundo. Amaba que sea artista. Adoraba verlo a actuar. No le importaba que sea en galpones viejos o sociedades de fomento sin techo. Mucho menos le molestaba que el público le diera la espalda. Él siempre estaba. En primera fila. Quería verlo bien de cerca. Quería verle esas pestañas largas que tanto le gustaban. Quería sentir esa transpiración, mezcla de nervios y apasionamiento. En definitiva, Leopoldo admiraba que Facundo sea honesto con él mismo. El no lo había sido. El hubiera querido ser periodista. Hubiera querido hacer realidad aquel juego de la infancia cuando colgaban una maraca de una araña en la casa de la abuela Amalia y con Amanda jugaban a la radio. Transmitían en vivo y en directo. Cortaban recortes del diario y los leían. Después ponían un cassette de Los Parchís y musicalizaban la transmisión.

“Soy Leopoldo, tengo 23 años. Soy alto, tengo algo de panza pero todos dicen que soy lindo”, esa era la presentación que Leopoldo había grabado en “La línea”. El chat telefónico donde conoció a Facundo era el único espacio en donde Leopoldo era libre. En donde su homosexualidad no era mala palabra. A Leopoldo ni se le cruzó por la cabeza que en su presentación podría haber mentido. Esa fue la primera pelea que tuvo con Facundo. Es que Facundo primero fue Federico. Y Leopoldo había agendado en su teléfono Federico. No Facundo. Cómo alguien puede mentir con el nombre, le dijo. Cómo alguien puede jugar con la identidad, le preguntó muy molesto. Fue algo sin pensar y sin mala intención, le respondió Facundo. Cómo alguien va a dar su verdadero nombre, en qué cabeza cabe, reprochó Facundo. ¿No pensaste que tu padre o tus compañeros de trabajo podían estar en la misma que vos?, agregó Facundo descolocando a Leopoldo que siempre tenía respuestas para todo. Para todo, pero menos para las cuestiones prácticas de la homosexualidad. Leopoldo odiaba la palabra “homosexual”. Nunca la usaba. 

Me gustan los hombres, le dijo el día que le contó a Amanda que estaba de novio con Facundo. ¿Sos puto?, dijo su hermana provocándole ira. Me gustan los hombres y no me gustan las etiquetas, que te quede claro, le dijo. Amanda nunca más volvió a usar “puto”, “homosexual” “gay” o “marica”. Conocía muy bien a su hermano y sabía que él decía las cosas una sola vez. Ese día se abrazaron. Se besaron. Se miraron a los ojos y, sin decirlo, se sintieron extrañamente hermanos. Sabían que no lo eran, pero algo visceral los unió en ese llanto compartido. Amanda lo lleno a preguntas. Quería saber quién era Facundo: el color de ojos, el pelo, las manos, el culo, las piernas, profesión, todo. Para Leopoldo fue raro encontrarse contándole a su hermana que su novio era alto como él, metro ochenta y pico. Que era actor, de Boca, fanático de Boca. Que cocinaba muy rico. Que siempre le hacía un plato distinto. Que era súper masculino. Le dijo que si se lo cruzaba en la calle, seguro se daría vuelta a mirarlo. Le contó que tiene manos bien grandes, que le dan mucha seguridad y que lo excitan. 

Amanda se sorprendió al escucharlo. Jamás lo había oído hablar de algo tan íntimo. Se sorprendió pero dejó que siga. Le encantó ver ese nuevo Leopoldo. Tan distinto y lejano de la perfección que solía venderle a todos. Tan Monti, resumía Amanda cada vez que su hermano actuaba como su padre. Le prometió que se conocerían en breve y pronosticó que se llevarían bien. Que Facundo sea de Chacabuco le gustó. Siempre pensó que la gente del interior es mejor que los que nacen en una gran ciudad. Tienen menos prejuicios, sostenía Leopoldo. Lo único que Leopoldo omitió ese día fue la forma en que se conocieron. Omitió la primera pregunta de su hermana. Pero Leopoldo tenía una habilidad especial para poder cambiar de tema sin que nadie se dé cuenta. Ese día lo hizo por vergüenza. O por prejuicios. No quiso contarle a Amanda que había grabado un mensaje en donde muchos chicos como él dejan mensajes para conocer amantes, parejas o lo que sea. Para eso no se animó. Amanda sabía que desde ese día serían más cómplices que antes. Mucho más que antes.
     

sábado, 17 de marzo de 2012

La culpa la tiene Moreno

Qué desgracia que no recuerde el nombre de la mujer que se vendió como la primera asesora en organizar una "Taper Sex". El término debería escribirse "tupper", pero la argentinidad al palo lo rebautizó "taper". Como suena, así de simple. Digo debería porque su origen se remonta a Earl Tupper. En 1938 al norteamericano Earl se le ocurrió que podía vender esos pequeños recipientes de plástico para almacenar comida -muy importante en la sociedad en la que vivía- y fundó la archiconocida Tupperware. Pero Earl no estaba solo. Cuenta la leyenda que el éxito del "Taperman" radica en una mujer: Brownie Wise. Sí, como el brownie pero no de chocolate. De carne y hueso y con vagina. A Brownie se le ocurrió que podía vender esas pequeñas maravillas de polietileno con tapa casa a casa. No es que Brownie llegaba, tocaba el timbre y decía: "señora quiere un Tupper". No. Ella llegaba en su auto con palanca de cambio al volante y con el baúl repleto de pequeñas maravillas en variedad de colores, formas y especificaciones. Bajaba las cajas y explicaba la bondades en pequeñas reuniones de amas de casas que tomaban té con brownie -el de chocolate- mientras Brownie -la de la vagina- desplegaba el sistema de venta por demostración. El mismo sistema que hoy se enseña en varias escuelas de negocios como "El caso Tupperware".

Qué desgracia que no recuerde el nombre ni el día en que Jorge Lanata entrevistó a la primera asesora de "Taper Sex". Sospecho que fue el martes o miércoles. Desde el micrófono de Radio Mitre y con mucha creatividad (algo que hay que reconocerle al fundador de Página/12) entrevistó a la mujer que explicaría lo perjudicial que significa para su Pyme el cierre de las importanciones. Primero en tono gracioso la conversación giró en la chavacanería. Parece que hablar de vibradores, geles, cremas estimulantes, lencería erótica, entre otros productos, es sólo un tema de los oyentes y no de los periodistas que entrevistan.  "Che, no me van a decir que nunca vieron un consolador", dijo el periodista Osvaldo Bazán. "Yo, nunca", dijo Lanata. "Yo, sólo cuando entraba en los sex shop de calle Lavalle", dijo Nicolás Wiñazki. "Mis amigas no tienen", se embarró Luciana Geuna.

"El tema es serio", dijo la mujer que por desgracia no recuerdo el nombre. Contó que el público al que le vende es "premium" y volvió a repetir que el tema es serio. Que en el país no hay legislación para los fabricantes. Que las mismas fábricas que en los 90 vendían juguetes y después cerraron por la invasión China hoy son los grandes productores nacionales. Viva la industria nacional. Me la imaginé a Cristina, de estricto luto y eufórica, hablar de lo importante de producir porongas artificiales nacionales para ellas y ellos. ¡Viva la industria nacional! Pero, era el programa de Lanata. "El tema es serio", dijo por cuarta vez. Parece ser que los vibradores importados llegan repletos de etiquetas con normas Iram, Iso, Mica, Cande, y no se cuántas más. Que el material con los que los producen no son tóxicos. No sé por qué volví a pensar en Earl Tupperware.  Pensé en el jubilado gay, el personaje de Humberto Tortonese en "Negrópolis" (Rock & Pop. Lunes a viernes a las 9.00) que reclama aumento en la jubilación para poder pagar por más y mejores chongos. Por qué no también para mejorar su poder de compra en juguetes sexuales.

***

Último martes a la noche en la casa de mi amiga Lily. De cena, empanadas compradas. En la tele, "Graduados". Sobre la mesa una botella de cerveza, otra de Fanta Pomelo y nosotros: Ceci, Mima, Andre, la dueña de casa y yo. Todavía no había llegado Susy. Todavía no habíamos hablado de la despedida de soltera de Moni. Todavía no sabíamos nada de qué se trataba la reunión del "Taper Sex" que había contratado Ceci. 

De la Brownie platense tampoco sé el nombre. En realidad Ceci nunca lo dijo. Sólo contó que tiene cuarenta y algo y que dijo que tiene que aflojarle con andar tanto por la noche porque está embarazada de dos meses. Lo cierto es que llegó con varias valijas repletas de mundos nuevos para muchas y de nada por conocer para otras que se hicieron las tontas y ponían cara de "ahhhhhhhhhh y para qué es esto, dónde va". También estuvo el espacio dedicado a lo lúdico: jugaron a dígalo con mímica. Obvio, el tópico fue el sexo: Ménaje á Trois, fellatio y otras cosas del estilo. Luego, desplegó la batería de productos y explicó sus bondades y las contraindicaciones. Dijo que había un vibrador muy bueno, pero que era antiecológico. "Lleva seis pilas triple AAA", reclamó. Les dijo que ya no era necesario ponerle nada extraño a la vagina: mostró geles con sabor a chocolate, frutos del bosque y banana split.  

¿Qué compró cada una? Se imaginarán, no lo puedo escribir. Sólo puedo contar que la Brownie platense las armó para una guerra sexual.

***

"El tema es grave. Se trata de la salud. Se trata de saber de qué material están hechos los vibradores que tanto hombres como mujeres usan. Y no es broma. Cada vez más la gente introduce este tipo de productos en su 'intimidad'. Un vibrador importado puede costar desde 200 dólares y viene con las indicaciones de los materiales con los que están hechos. En cambio, los nacionales, pueden salir desde 100 pesos y no traen ninguna indicación", profundizó la mujer que por desgracia no recuerdo el nombre. Sí recuerdo que dijo que fue la primera en hacer una "Taper Sex" allá por el 2000. "¿No hay ninguna ley que indique los materiales permitidos y no?", preguntó un Lanata rápido y fiel a su patronal. "No, ninguna", respondió la primera Brownie Sex argentina. 

Moraleja: si se va a meter algo dentro de su cuerpo, piense que pueden estar hechos con el mismo material de la palita y el balde de su hijo, sobrino, vecinito, ahijado, etc. Piense que la culpa de que usted no se pueda meter algo de calidad dentro del cuerpo tiene nombre y apellido: Guillermo Moreno.

martes, 13 de marzo de 2012

"No te olvides de seguir creciendo"

Tiene manos de actriz. De diva de cine. Suaves. Con algunas manchas propias de la edad. Las uñas, sin pintar y cortas. Como si fuera una niña que va a la escuela y la madre se las acaba de cortar. Sus labios son finos. Los trata de engrosar con un rouge rojo. El mismo que se coló entres los dientes y que se dará cuenta minutos más tarde. Su cabello es lacio, fino y canoso. Blanco. Está recién cepillado. Su peinado es el de toda la vida. Puede parecer la más aristócrata de las aristócratas, pero también puede ser la más gritona del barrio. Como Elvira, su recordado personaje en "Esperando la carroza". Puede parecer sincera, pero responde en automático. Como sabiendo las preguntas y las respuestas. Cuesta sorprender a China Zorrilla. Le sobra calle. Hoy, a los 90 años recién cumplidos, le sobran anécdotas. Huele a perfume Channel. Huele a satisfecha. 


Nació en Montevideo. Vivió en la Londres de la posguerra. En París y en New York. De Estados Unidos se trajo una de las tantas anécdotas maravillosas que cuenta con los encantos propios de una hechicera. Trabajaba como profesora de francés cuando le pagaron por primera vez con un cheque.

-¿Y esto qué es? Yo quiero plata. Esto es un papel de porquería. ¡Yo quiero plata! ¿Qué hago con esto?-, preguntó, exigió, reclamó y volvió a preguntar una joven uruguaya que había viajado a Manhattan a estudiar teatro.

-Lo pone en el banco-, le contestó un empleado del Liceo Francés.

China salió del colegio y fue al primer banco que encontró. Preguntó cómo cambiaba ese trozo de papel por unos dólares. Le dieron una chequera. La primera de su vida. Le dijeron que cada vez que quisiera pagar, lo hiciera con su flamante chequera. Les hizo caso. Salió del banco, llegó a su casa y firmó los cincuenta cheques con una dedicatoria: "Atentamente, China Zorrilla".

Hoy vive en Argentina. En la calle Montevideo. En Recoleta. En un departamento de dos dormitorios y dependencias de servicio y sin palier. En realidad con un palier que se transformó en biblioteca. "Necesitaba espacio para mis libros. A mi casa se entra por la cocina".

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Está rodeada de gente que va y viene. Familia y amigos. Odia que le pregunten por qué no se casó. Le cambia el humor y cuenta que estuvo a punto. Que no se dio por que eran otros tiempos. Porque la familia del novio no aceptaba que se casara con una actriz. No contaba que era una señorita de buena familia y educada en colegio de monjas francesas. Tardó tiempo en perdonarlo. Olvidarlo. "Hace poco se murió. Me mandó a decir con su enfermera que fui la mujer a la que más amo".

Enseguida se encarga de contar un cuento que le amargó la niñez: "Se trataba de una mujer muy mala. Odiada en todo el pueblo. Recuerdo la parte que decía en cuanto a sus cuatro hijos, terminaron los cuatro como era de imaginarse. El mayor cometió un crimen y terminó en la guillotina. El segundo robó un banco y le pegaron un tiro. La hija mayor se hizo prostituta y la menor actriz'. Yo quiero ser esoooooo!!! Actrizzzzzzzzzzz".

Pero las pilas de cartas en la mesa de luz, en el escritorio, la biblioteca y la caja de cartón negra del placard no están dedicadas a ese amor. Después hubo otro. Del que no se puede olvidar. Al que le dedicó cientos de poemas. Al que atesora con y en el alma. "Se casó con otra", dijo con una naturalidad cruel, "lo recuerdo sin llantos y sin tragedias".

No tuvo hijos, pero muchos la sienten su madre. Su abuela. Bernardo Neustadt le regaló su perra Shorkshire Flor y desde entonces se mueven como siamesas. "No se puede pasar por la vida sin tener un perro", dice orgullosa.

Camina con dificultad por la decoración clásica de su living: portarretratos, premios, alguna que otra planta, un piano, cuadros con marcos dorados y muchos recuerdos. En una esquina, una mesa de roble redonda y tres sillas. Más allá un sillón de dos cuerpos con dos mesas de bronce y tapa de mármol blanca a cada lado. El mismo que retrataron fotógrafos de varios medios reproduciendo la imágen cientos de veces.

Al fondo, plantas. "El jardín de una vecina que no tengo que cuidar y que creo que es mío". La ventana de los vecinos que la adoran. Que más de una vez contaron que viven en el mismo edificio que China Zorrilla. Que ella los saluda por su nombre. Ahora se la ve poco, coinciden. De a poco, los suyos, aminoraron los compromisos fuera de la casa.

"No puedo caminar una cuadra que alguien me viene a saludar". Ella se detiene. Conversa con cada uno. Estampa su firma en pequeños boletos de colectivo. En servilletas arrugadas de algún bar. En pañuelos descartables. Agendas. Libros. Lo que sea. Los argentinos la adoran y se lo demuestran.

                                                                           ***

Después de trabajar en decenas de películas, obras de teatro y programas de televisión, China tiene que seguir trabajando porque nunca ahorró dinero. "Yo tengo una filosofía con el dinero. Ningún ser cristiano puede tener en el bolsillo 10 pesos que le sobran y saber que el de enfrente no comió. Ama al propio como a tu mismo y echemos a los mercaderes del templo".

A China no le cuesta decir qué inclinación política elige y eligió. Confesó que admiró profundamente a Néstor Kirchner y que hoy "soy de izquierda, de izquiera cristiana. No me hace falta estar en la iglesia para hablar con Dios. Mi educación fue muy severa, siempre hacían hincapie en la castidad. Después, con los años, fui dejando de ir a misa. Hoy agradezco. Agradezco la vida que tengo. Tengo salud para hacer lo que más me gusta -¡y que encima me paguen!-, que es actuar".
 
El secreto para llegar como ella a los 90 años no sabe cuál es. La dieta, seguro que no. Como no sabe y no le gusta cocinar, si quiere comer algo salado "como una galletita con queso. No me cocino, si no tengo para comer, me como un dulce, que siempre es un buen consuelo".

Los cuidados para la salud, dice, son pura herencia. "Tuve mucha suerte en la vida. Estoy bien conservada. Mamá murió a los 95 años. En ese momento dijo algo muy sabio, fue antes de morir. Ella le tenía miedo a la muerte. Estaba en una cama enorme, parecía la cama de Lucrecia Borgia. Flaquita, siempre sonriente. De golpe empezó a sonreir, como una nina pícara que descubrió algo".

"Che china, mirá qué bien hechas están las cosas, ahora que es inminente mi paso al otro mundo. El miedo le dejó el paso abierto a la curiosidad", le dijo su madre horas antes de morir. "Volví a Buenos Aires y me dijeron que mamá murió esa noche", recuerda.

"Esa frase me cambió la vida. Me quitó el miedo a la muerte. Siempre le tuve curiosidad. Nos dejó esa herencia: no tengan miedo", reflexiona.

A la hora de imaginar qué otro mundo la espera, metaforiza que será como un parque de diversiones. Dice que "quisiera que el cielo fuera igual que la vida sin las cosas malas. Sin hambre, que mueran viejos y no niños, en esas cosas".

                                                                        ***

Pasaron diez años de aquel día que Eduardo Galeano la enamorara aún más con una dedicatoria que nunca olvidará: "Te felicito a tus primeros ochenta y no te olvides de seguir naciendo".  Hoy, huele a satisfecha.

jueves, 23 de febrero de 2012

"Historias cruzadas": la rebelión de las nanas

Hace rato que el tema de las "nanas" me sigue. Si leyeron el post anterior a este, sabrán de lo que hablo.  Cuando pensé que el tema estaba cerrado apareció "Historias cruzadas". Más allá de que la película esté nominada al Oscar, la historia es conmovedora por donde se la mire. Basada en el best seller "The Help", la cinta muestra la historia de dos mujeres negras. Dos negras que trabajan en la Mississippi cruel de los ´60. Dos negras que crían hijos de matrimonios blancos felices. Dos negras que limpian y cocinan para familias que viven en el suelo americano. Dos negras -que por ser negras- tienen que mear y cagar en baños diferentes a donde mean y cagan los blancos.  ¡Hasta en la mierda está la discriminación!



Pero las dos negras se expanden. Se multiplican. La discriminación las une para desafiar una autoridad absurda. Si la Academia de Hollywood actuaría desde lo "políticamente correcto", no me molestaría que se quede con el tipito dorado por ser la mejor cinta. Aclaro que no vi las otra. Esta es simple. 

Skeeter (Emma Stone) es una periodista idealista y recién graduada que sueña -como todo periodista- en escribir una novela. Atropellada por los hechos decide contar la historia de un atropello a los derechos humanos. Aibileen (Viola Davis) es la nana que trabaja en la casa de una de sus mejores amigas y quien la ayuda en su primer empleo en el diario local. Entre consejos para las amas de casa de la época surge la trama de la peli: la discriminación y el abuso hacia los negros afroamericanos en Estados Unidos. La causa que le dio, entre otras cosas, un Nobel de la Paz a Martin Luther King en 1964.

***

Es una noche de miércoles rara: el cielo se prepara para una tormenta que no llegó, las calles de La Plata están vacías, la temperatura es cálida y el clima social es angustiante. Unas cuantas horas antes, en un accidente ferroviario -¿que se podría haber evitado?- decenas de muertos y cientos de heridos son protagonistas de la crónica del día. Se adueñaron de la noticias. ¿Hasta cuándo? Eso nunca se sabe. Puede llegar a ser reemplaza por la conveniente recuperación de "Las Malvinas son argentinas". Por el escándalo barato de alguna diva de turno. Por el testaferro del político que no pagó la cometa. Por alguna tragedia climática en la parte del mundo que sea. Y los temas y las páginas de los diarios y las horas en la radio y en la tele siempre se llenan. Siempre se llenan. Los de hoy abundan en el accidente de Once.

Cuando "Historias cruzadas" terminó pensé en cuál sería la historia que hoy habría que contar. Cuál sería la historia que no llena. Cuál sería la historia transformadora. Quiénes son esos negros del presente. ¿Los pobres? ¿Las minorías sexuales? ¿Los ecologistas en defensa de un planeta menos contaminado? ¿Quién? ¿Quiénes?

No me puedo dormir pensando en quién. ¿Quiénes? Me tengo que dormir, pienso. Por la mañana tengo que entrevistar a un docente que enseña a adultos mayores. ¿Son nuestros viejos -con jubilaciones de mierda y una vida repleta de sacrificios- los "quienes"? En menos de veinte años la mayor parte de la población sera vieja. ¿Tendrán los estados respeto y saldo para sostenerlos? ¿Serán ellos los que tengan que enfrentar una nueva rebelión?

Me duermo. Me queda la duda. "La duda", donde también actuó Viola Davis. Todo se conecta con todo. Todo pareciera ser que es una eterna duda cuando a la verdad cuesta encontrarla. Por la verdad. La verdad es lo único que nos podrá salvar de tanta hipocresía.

domingo, 19 de febrero de 2012

La revelación de las "Nanas"

Pensé que las vacaciones también serían vacaciones para el blog: me equivoqué. Entre tanta boludez del verano -me refiero al bolso playero con el nombre del lugar en el que se esté, las trencitas en las cabelleras de niños/as, adolescente/a, señor/a, chongo/a, la tobillera de piedrita multicolor (Pregunta: ¿la tobillera se usa todo el año?¿qué pasa con esta joya de la artesanía veraniega hippona cuando llega el invierno y las medias son más necesarias que silicona para vedette?), ¡los collares de caracol!, y la lista podría ser tan eternaaaa... Pero el tema del verano -no el de Michel Teló-, sino el mío fueron "Las nanas". Por esas cosas de la vida somos cinco personas y una mascota -cuatro chilenos y dos argentinos- rumbo a Punta del Diablo, Uruguay.

"Nanas" no es un tema musical. Tampoco es el término de cuando un bebé se lastima: "Se hizo nana en el dedito mi bebito" (la frase suele ir acompañado de diminutivos). No es una nueva palabra para el castellano argento. No es una nueva banda de cumbia. Uso "nana" respetando la cita textual de mi amiga y colega chilena Carolina Faraldo. Voy manejando por la ruta nacional nueve cuando surge el tema por primera vez. En un shileno perfecto y sheno de hueones me cuenta que se desató un escándalo bíblico cuando en un barrio "cuico" (cuico= concheto, algo así como nuestro Puerto Madero) le prohibieron a las "nanas" (nana= niñera para nosotros) entrar a sus trabajos haciendo uso de la vereda y las obligan a pagar un colectivo que las deje en la puerta de sus empleos. http://www.meganoticias.cl/nacional/metropolitana/nuevo-caso-de-discriminacion-a-nanas:-ahora-les-prohiben-caminar-por-condominio.html

"Asesoras del hogar" es el eufemismo que encontraron los chilenos para ponerle un nombre a lo que nosotros solemos llamar: la chica que limpia, la señora que trabaja en casa, empleada doméstica o simplemente -y en la gran mayoría- por su nombre propio. El que figura en el DNI. Lo que me cuentan, además de mucha gracia por cómo me lo relatan, me asombra. "¡Qué país clasista!", dice mi futuro marido que dejó su Punta Arenas natal, en el Estrecho de Magallanes chileno, en enero de 1996. "Son un mal necesario po y encima ahora reclaman", ironizan y reímos. "Quedó la zorra", agregan y me pierdo. El vocabulario shileno es amplio y ofrece variadas interpretaciones: en este caso "zorra" es empleada como "quedó la cagá", me explican. "La cagá", para nosotros, sería "la cagada". Un quilombo en las tierras Piñerezcas que ahora vuelve a resurgir a partir de que Falabella le niega sacar una tarjeta de crédito a una nana peruana que vive en Santiago. "Es política de la empresa que las asesoras del hogar no puedan acceder a nuestras tarjetas", le dice un empleado de camisa blanca y corbata verde a la mujer que llevó el tema a los noticieros.

El primer nombre que se me viene a la mente no es mi actual nana, Marta. Es Gladys. No la conozco y es Gladys, el primer personaje que aparece en el libro que llevo en la mochila. Gladys Varela es la empleada doméstica que descubre el cadáver de Chazarreta en "Betibú", la última novela de Claudia Piñeiro. Gladys es un buen nombre para una nana, pienso. Históricamente las telenovelas de la tarde las bautizaron Marías. Sólo recuerdo tres "Gladyses": Gladys Knight, cantante norteamericana de soul, Gladys "La bomba tucumana", cantante de cumbia argentina, y Gladys Florimonte, actriz y comediante argentina.

Con una lluvia de peste llegamos a destino: "Lo de Gustavo y Alison". El primero es un uruguayo que conoció a una canadiense en Toronto -la segunda- y entre mate y mate nacieron Mateo y Ariel. "Ariteo", para nosotros. "Ariteo" es el nombre de la red wifi que iba y venía como el permanente viento que nunca nos abandonó. La familia uruguayocanadiense nos alquiló su casa-cabaña. Los nuevos hippies mudaron sus petates a una combi amarilla, simil a la de "Little Miss Sunshine", donde viven cuando los turistas llegan con los dólares que sirven para vivir el resto del año. Alison es la dueña de unos ojos celestes color cielo y con un doctorado en Literatura bajo el brazo. Gustavo es profesor de inglés y dueño de una lengua frenética que no paró de recomendarnos salidas y restoranes. Será que durante el año no hay muchos con quien hablar, conjeturamos todos. Ya en esas dunas me doy cuenta que no hay nanas. Al menos para los niños del lugar. Sí vimos una familia argentina numerosa al estilo Opus y muy rubia, oriunda de un country de San Isidro, llegar con una nana boliviana. Con pantalón verde de bambula a los tobillos, la nana seguía de cerca a un bebé rubio en pañales Pumpers. Pero está claro que en Punta del Diablo los niños se cuidan solos: crecen como pasto. Libres. En libertad. Salvajes y libres. Como las ballenas Francas que llegan en el invierno.

Tiene canas y sus ojos color miel están perdidos en "La Mansa". Mira detrás de un ventanal que deja ver un Diego Rivera que presumo es original. Cambia el enfoque y ahora apunta a la obra icónica de Punta del Este: "La mano", del chileno Mario Irrarzábal donde unos cuantos turistas se sacan fotos. Ella los mira. Ellos no. Ella no es un atractivo turístico. La tela celeste de su uniforme almidonado combina con el color de las Hortensias tupidas. La puntilla blanca en los bordes de las mangas y en el delantal blanco se reflejan en el vidrio impoluto. Se la ve refinada. Es flaca y lánguida. Desentona con el bronceado de sus patrones que comen unas lechugas verdes resbordantes y toman vino blanco en copas de cristal. Me detengo en su cabellera brillosa. La habrá pulido con la misma delicadeza de los muebles de cedro del comedor, me pregunto. ¿Se llamará Gladys? ¿María? Tiene cara de Ofelia, pero bien podría parecerse a Germania.
 
Germania es la nana de mi amiga Katy. No la conozco. Solo la imagino. La pienso gracias al relato de mi amiga. Le tengo que pedir permiso para tomarme las vacaciones en febrero, le dijo Germania en el invierno de Punta Arenas. Es que Germania tenía previsto un viaje a Inglaterra. Sí, claro. ¿Puedo ir con usted?, cuenta Katy. Más que una nana es una institutriz, dice Pablo. Automáticamente mi cabeza viaja a "La novicia rebelde". La veo a Julie Andrews. Me veo en mi niñez sentado frente al televisor en una tarde de sábado. Recuerdo la imagen de esa pradera verde austríaca con la crecí. Nunca me voy a olvidar la escena de la familia Von Trapp escondida en el cementerio de la abadía. No sabía que eso era suspenso. Volviendo a Germania, hay que decir que en la última cena de fin de año la pasó con el mismísimo alcalde en un restó de lujo. Germania no es nombre de nana. Es nombre de mala. De profesora. De directora de escuela cara alemana. No de nana.

La última nana que vi en mis vacaciones fue en Montevideo. En Punta Carrasco. Una zona donde viven los ABC One uruguayos. Rodeada de mansiones, una nana que no superaría los 30 años rega un jardín de grama brasilera, propia de las zonas arenosas. Lleva el pelo tirante. Como las azafatas. Azafata del césped, pienso. Tiene un rodete prolijo que lo cubre con un tejido de crochete blanco que sujeta con varias hebillas de esas que no se ven. De la casa se escapa un cachorro de Labrador y la nana sale en su búsqueda. Corre. Suelta la manguera y corre. El agua hace un charco enfrente de una puerta que tiene un Buda de cemento. Vi muchos Budas. O hay muchos nuevos budistas o las importaciones desde China e India están haciendo estragos. El guardia del barrio sigue la escena. Intenta ayudar pero el pantalón marrón del uniforme se le engancha en una reposera de lona y plástico en la que está sentado. Ella lo atrapa. Lo entra y vuelve a la rutina de jardinería. La rutina. La rutina no discrimina. Quedan horas de vacaciones. Faltan minutos para volver a la rutina. Mi rutina.   



lunes, 30 de enero de 2012

El pájaro canta hasta morir

El cura no es un típico cura. La iglesia no es una típica iglesia. El bautismo no es un típico bautismo. Yo soy el típico padrino.




Es el último domingo de un enero caluroso. De un enero en donde las noticias dicen que la temporada veraniega está a full. Un enero donde la gente se saca la ropa. Los ombligos victoriosos salen a que les de la fresca. Un enero en que tuvimos una primera dama periodista/movilera y un presidente rockero con mucha onda. Pero también fue un enero en el que la presidenta volvió a trabajar después de "un cáncer que no tuvo", como tituló Clarín. Un enero en donde esa mujer llegó y habló. Llegó y mostró su marca. Su herida. Su cicatriz.

Ella habla. Las noticias hablan de ella. De nosotros. De nadie. Confunden. Llenan. Rellenan.  Es enero. ¿Por qué hay gente que merece ser noticia y no lo es?

***

Hace calor en la sombra de los árboles añosos del Parque Pereyra Iraola. Los pocos autos estacionados buscan la sombra como alivio protector. Son las doce del mediodía en un predio de 10.246 hectáreas que transpiran historia.  El primer dueño de esas tierras extensas y fértiles fue una mujer: Juana Rita Pinto. Un bella dama que bien podría haber sido modelo del colombiano Fernando Botero. Algunos dicen que con una herida de amor y algo falta de efectivo vendió su propiedad a la familia Pereyra Iraola. Los de doble apellido decidieron ponerle nombre a su terrenito y la llamaron Estancia San Juan. Pero un día llegó alguien de apellido Perón -¿lo tienen?- y decidió expropiarlo.

Según el mito urbano, los ecologistas, los proteccionistas, la Wikipedia y varios intendentes K, "es el parque de mayor biodiversidad de la provincia de Buenos Aires". El pulmón verde de Scioli. En el mismo parque en donde en el 2008 la UNESCO ponía sus lupas para declararlo "reserva de biosfera", estábamos bautizando a Isabella. 

Isabella es la cuarta hija mujer de mi hermana Laura. Conociéndola a ella y a mi cuñado Ariel no podría decir que es la última Sacchi. Desde ayer debuté en el doble título de padrino. Ya lo soy de Oriana, la primera. Entre familiares, amigos, y demases movilizamos nuestros cuerpos acalorados hasta la capilla del Parque Pereyra Iraola. El andar de los autos sobre las calles de tierra seca marcaba el camino para los que venían de lejos. La capilla, iglesia, iglesita, templo y sus variantes está a la diestra de la casona principal del parque. Cuando empezaba a asomarse el aroma a los chorizos, a carne asada y con una mezcla de canciones de Valeria Lynch, Los Wachiturros, un brasilero que detente ser el dueño del tema del verano y algunas moscas chusmas, entramos al bautismo.
La cita pactada decía a las doce, después de la misa. El camino hacia la espiritualidad de Thiago, Ariana e Isabella comenzó doce y treinta siete minutos. Duró, como mucho, veinte minutos. Y si fueron más, no nos dimos cuenta. 

En esos minutos de espera vi pasar a un hombre cincuentón, de panza cervecera y buen vivir. Llevaba puesto un short de Estudiantes de La Plata y una remera blanca que bien podría haber sido comprada en alguna feria paraguaya o made in La Salada. Lo mismo con las ojotas. "¿Imitación de las famosas brasileras? ¿quién no las tiene?", pensé. Castaño, algunas canas perdidas en el pelo lacio y prolijo. Si no me equivoco, el responsable de la Capilla Sta. Elena -el Dr. Leonardo Belderrain (Terapeuta filosófico, como dice su tarjeta personal) se había afeitado a la mañana. Antes de tomarse un par de mates, leer alguna que otra noticia y pensar qué diría en la misa y luego en el bautismo. Pensándolo mejor, y después de haberlo escuchado, sospecho que su onda es la de ser más espontáneo.

Cuando en la capilla no entraba más nadie, el de short y ojotas sacó una túnica de un mueble de pinotea y se la colocó con cancha. Con experiencia. Belderrain no nos hizo pronunciar ningún Padre Nuestro, ningún Ave María, ni mucho menos pararnos y sentarnos como monitos Tití. Nos mantuvo atentos y emocionados por pocos, pero certeros minutos. Con esa facha de vecino de al lado, pidió "paz". Les pidió a esos tres chicos que sean "solidarios". Que no discriminen a peruanos, paraguayos y "homosexuales". Le preguntó a los padres porqué eligieron a los padrinos. Que le den las razones. Ante cada respuesta aseveraba moviendo la cabeza. También nos preguntó a nosotros, los padrinos, cómo habíamos reaccionado con la elección. Piropeó a Karina, la madrina de Isa, a sus rulos y enseguida llegó con el agua. Les tiró un chorro a cada uno y siguió conquistando con su impronta revolucionaria.

Después, según el nombre de cada uno dijo algunas palabras y de la pequeña Isabella dijo que era de espíritu socialista. Traté de recordar cómo llegó a esa conclusión, pero no logró dar con el camino de semejante reflexión. Igual, la sola idea me encantó. Dijo que bien podría haber votado a Binner o Cristina. No a Macri. Se escucharon algunas risas y aparecieron algunos gestos de asombro. Nos pidió la vela para encenderla, en símbolo del fuego del rito, pero nosotros no teníamos. No es que nos hayamos olvidado. Ni sabíamos que teníamos que llevarla. Tampoco tenía la familia que estaba en el banco de adelante. Belderrain puso cara de estos padres que no se acuerdan de nada y fue a buscar un par de velas. Dijo un par de cosas más. Pidió una ofrenda para comprar pintura para el techo. Presentó a la secretaria "que se gasta la plata que ustedes van a dejar en drogas". Cecilia apareció con su canasta de mimbre rústica mientras mi hermana se secaba las huellas de un par de lágrimas. Saludó, agradeció y taza taza cada uno a su casa.

***

Leonardo Belderrain escribo en Google. Aparecen 31.500 resultados en sólo 15 segundos. Abro un artículo del suplemento Radar, de Página/12: http://www.pagina12.com.ar/2001/suple/Radar/01-12/01-12-23/NOTA1.HTM

“A Silvina la conocí paseando en el Parque Pereyra Iraola. Nos pusimos a charlar y tiempo después me invitó a cenar a su casa. Ella practica danzas africanas y en una de nuestras primeras salidas fui a ver uno de sus espectáculos. Fue toda una revelación verla ahí, en el escenario, moviéndose al ritmo de esa música tan sensual. Tuve la percepción de que estaba celebrando un ritual, una ceremonia, y la imaginé a ella como a una suerte de sacerdotisa”. Confiesa también que no sólo vio modificada su soltería por el encuentro. A partir de ese suceso aparentemente casual -.”intervención divina”, según él-. también otras situaciones de su vida operaron transformaciones cruciales. La primera y más evidente, la de los hábitos.  

“Al principio fue muy traumático para los dos. Silvina estaba bloqueada porque obviamente nunca había imaginado enamorarse de un cura. Además, en la familia de ella, si bien no se opusieron a la relación, les inquietaba el lugar medio hipócrita en el que se daban las cosas. En mi caso también fue duro. Desde lo interno yo sabía que mi historia con ella no era pecado sino un don de Dios. Desde lo externo ya era otra discusión. Sabía que tenía que dar un salto. ¿Pero hacia dónde? Por suerte, con el tiempo, las cosas mejoraron y pude ver la situación con más claridad”.

El cura que me había sorprendido ayer, ya había sorprendido a varios miles unos doce años antes. Seguí viendo lo que Google me ofrecía y me seguí encantando.  Doy con un portal que se llama Cristianos Gays y un artículo que lleva su firma: "El derecho de las minorías a ser felices y las uniones gay": http://www.cristianosgays.com/2010/06/17/el-derecho-de-las-minorias-a-ser-felices-y-las-uniones-gay-por-padre-leonardo-belderrain-bioeticista-argentina/#more-14523

"Hay consenso en el país, de que lo que importa es el derecho de todos a ser felices a amarse y comprometerse, bajo el nombre que sea, con iguales derechos. Está cambiando, también, la noción de padre y madre. Antes se decía: ´no llores como mujer lo que no supiste defender como hombre´. Hoy se dice al revés: 'no llores como hombre lo que no defendiste como mujer'.

Belderrain es el fiel ejemplo de alguien que se maneja con autenticidad. Celebro que haya gente fiel a si misma. Celebro haberlo cruzado en esta vida. ¿Será él quien me case?